EPISODIO 3
CREER PARA VER
—¡Me asustó! —exclamó el visitante, debiendo mirarlo hacia arriba. Tanto su altura como su apariencia eran intimidantes; el tipo tenía la impresión de estar ante un lord sombrío y no estaba seguro de cómo debía comportarse.
—Acompáñame —dijo Cahleb, con su voz grave y serena, mientras le indicaba el camino con un ademán cortés.
—Soy Tervan —confesó el visitante, haciendo una reverencia y tratando de parecer complaciente. De inmediato lo siguió.
El sonido de sus pasos se amplificaba a medida que se acercaban al centro de la librería. Tervan, aún impactado, se detuvo un momento a observar la espiral de piedras que se erguía desde el suelo. Enseguida apuró el paso, mirando de reojo el pedestal vacío que se erguía en uno de los cabezales.
—Puedes tomar asiento —lo invitó Cahleb cuando llegaron al rincón de lectura.
El hombre, al sentarse, notó la suavidad de la tela y pasó la mano sobre el brazo del sillón.
—Es paño Toco —señaló Ayac, que los había acompañado—. Si pasas la mano en un sentido, es color ocre; en el otro, es verdoso, como la arcilla —explicó.
Tervan, en actitud incómoda, entrecruzó los dedos y descansó las manos en el regazo, notando enseguida la enorme lámpara de piedra sobre su cabeza.
—Es cuarzo rosa —aclaró el encargado—, de las canteras perdidas del inundado Este —y, sin hacer pausa alguna—. Y la mesita es de Prunux antiguo —señaló.
Tervan observó un momento el brillo de la madera lustrada y, mirando el cuadro en la pared detrás del sofá donde se había sentado Cahleb, preguntó, fingiendo interés:
—¿Quién es?
—Emyalec, el creyente —se adelantó a responder Ayac.
—¿Y en qué creía?
—Emyalec creó el movimiento de Los Fehacientes —declamó el joven—. Sostenían la teoría de la verdad de la existencia de todas las cosas en tanto no se demostrase lo contrario —sintetizó.
—¿Y si se demostraba lo contrario?
—Aun así, siempre albergaban alguna duda.
El hombre asintió, fingiendo que entendía.
—¿Eso es un gato? —señaló al pomposo animal atigrado que dormía enrollado en un extremo del sofá—. Nunca había visto uno. ¿Está domesticado?
—Más que muchos hombres que conozco en El Borde —le lanzó Ayac.
—¿Tiene nombre? —preguntó Tervan.
—¡Claro que tiene! —contestó Ayac—. Señor Hermes —dijo con autoridad.
—¡Hermes! —replicó el hombre.
—“Señor” Hermes —enfatizó el encargado.
—Bien —dijo Cahleb, impacientándose—. ¿Qué te trajo hasta aquí?
—Sí —dijo finalmente Tervan, frotándose las manos, ansioso—. Es un tema… delicado —agregó, mirando de reojo al encargado, que continuaba de pie a su lado.
—Ayac es de confianza —dijo Cahleb serenamente—, y de todos modos va a escuchar —agregó con un dejo de ironía.
El ayudante, visiblemente ofuscado, dio media vuelta y se alejó hacia la recepción. Al llegar a la cabecera opuesta del anaquel, cuando estuvo fuera de la vista, se detuvo tratando de escuchar. En ese momento notó los milímetros que el hombre había empujado el libro de “los adoradores” y, por supuesto, lo volvió a su lugar.
—Sé que estamos en El Borde —inició Tervan en voz alta, consciente de que el metido encargado escuchaba—, pero, aun en este lugar, había cosas en las que se me dificultaba creer. Es mi naturaleza escéptica —continuó bajando el tono—. De este asunto no he hablado con nadie, pero usted me inspira cierta confianza —agregó.
Cahleb sonrió.
—¡Cierta confianza! —pensó.
El hombre dio un suspiro, juntando coraje.
—Estoy siendo acosado por un espíritu —confesó finalmente. Al no percibir reacción alguna en el rostro de Cahleb, continuó—: usted debe pensar que estoy loco —agregó.
Cahleb esperó.
—Bien —dijo, acomodándose en el asiento—. La primera vez que apareció como espectro fue en E’rumta Xelta. Suelo ir allí… por insumos. Usted conocerá a Ratchan, todos lo conocemos.
—¿En qué trabajas? —preguntó Cahleb.
—¡Esa no es la pregunta! —pensó, ofuscado, Ayac, detrás del anaquel—. ¿A qué se refiere con “la primera vez que apareció” y “como espectro”? Esas son las dos preguntas —resopló y continuó escuchando.
—Trabajo en el Viejo Panteón de Enfermos —respondió el hombre.
Cahleb no dijo nada, pero su expresión debió haber delatado sus pensamientos.
—¡Oh, no! No soy sanador —se apuró a aclarar Tervan—. Y menos aún un sanador proscrito. Yo solo era un enterrador en la Ciudad Alta. Con mi conocimiento en suturas y huesos rotos, ayudo en lo que puedo… trato de redimirme.
(Aunque sobre el motivo de su expulsión no dio precisiones.)
—Entiendo —dijo Cahleb serenamente—. Mencionaste que “apareció por primera vez como espectro”. ¿Ya lo conocías?
El sonido de un golpe seco llegó desde atrás del anaquel.
—¿Conocerlo? —dijo el visitante, revisando sus recuerdos—. No, aunque sí lo vi una noche, cuando llegó al ingreso del Panteón. Lo trajo el Porteador. Lo encontró en Osidra. Estaba en muy mal estado. Cuando lo examiné, recuerdo que tenía rasgada la carne, un leve tono bronce y una película cristalina y seca en la piel. Pero estuvo allí apenas minutos. Fui por ayuda y, cuando volví con la Yenyag, había desaparecido. La mujer se enojó porque pensó que la estaba molestando. Nunca entendí cómo pudo haber escapado. No volví a verlo —suspiró—. Supongo que murió, evidentemente.
—¿Crees que haya algo que explique su conexión contigo?
Tervan, avergonzado, metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó un objeto dorado. Cahleb tendió la palma y, recibiéndolo, lo observó: un colgante de oro con un dije de corazón.
—No lo robé —trató de aclarar el hombre—. Solo lo retiré de su cuello porque estaba hinchado. Pensaba devolverlo, pero, como ya sabes, se fue. Nunca pude hacerlo —concluyó el afligido visitante.
—¿Piensas que, si te deshaces del colgante, el espectro se irá?
Tervan negó con la cabeza, resignado.
—Ábrelo —dijo.
La joya tenía dentro la fotografía diminuta de una mujer y un nombre grabado: “Caelin”.
—¡Libérala! —murmuró el pobre hombre con la mirada fija en el retrato de El Creyente—. Es lo que me pide el espectro —confesó, finalmente desanimado.
Cahleb, con un brillo en los ojos, comprendió.
—Por eso llegaste aquí, buscando respuestas —y, acercándose al gato, lo acarició—. ¿Es esta una historia que esperas que a mí me interese ayudarte a resolver? —preguntó, haciendo una pausa.
Por un momento, Tervan contuvo el aliento, atribulado.
—¡Sin dudas! —respondió Cahleb, complacido, reclinándose en el sillón.
Tervan respiró aliviado.
—Hice bien en quedarme. Y de casualidad lo encontré a usted.
—Las casualidades no existen —dijo Cahleb, mientras el gato se acomodaba sobre sus piernas.
Detrás del anaquel de libros, Ayac, sorprendido, abrió la boca.
—¿A qué viene este nuevo interés? —pensó.
Por cierto, el nombre de la librería grabado en el vidrio era “Ojyalgojten”.
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La historia continúa…
Los próximos episodios de El Ciclo de la Rhodoeleuta
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