EPISODIO 2

VER PARA CREER

A

yac, finalmente, se atrevió a hacer esa pregunta:

—¿Cuánto tiempo le llevó descubrir el significado de esa palabra?

—Varios meses me tomó descifrar y comprender a medias el neutagnestic —respondió Cahleb.

—Entonces siempre supo lo que significaba —insistió el encargado.

—Sí —concluyó el hombre.

—Bueno —se jactó el joven—. Yo también lo supe.

—¿Lo sabías? ¿Cómo?

—¡Me gusta leer, señor! Eso sí, demoré un poco más que usted, pero logré decodificarlo. Además —agregó, disfrutándolo—, me gustaron mucho los versos, así que los aprendí. Aunque no sé si es un poema o una canción de cuna, inventé la música y suelo canturrearla. ¿No me ha oído?

Cahleb, atónito, negó con la cabeza.

—Por cierto, el título del poema es Agua del Sueño —concluyó, jactándose el encargado.

—Nunca lo digas —lo amenazó su jefe.

—¡No lo hice antes, no lo haré ahora! —respondió Ayac, sonriente, y miró hacia la puerta—. Pero dejaremos esta charla pendiente —advirtió a su jefe. Había alguien en la entrada.

Cahleb resopló. Ese cadete perspicaz era un verdadero fastidio: no solo sabía el significado de “esa” palabra, sino que, obviamente, siempre supo que “ese” no era su verdadero nombre.

En cuanto el visitante atravesó la pesada puerta de cristal biselado, sin soltar aún la vara de Fraxinus que hacía de manija, se detuvo perplejo. Todo se veía límpido, virtuoso. Podía sentir una suave brisa, un leve aroma a hierba recién cortada, y el sonido del agua corriendo, proveniente de la pequeña fuente de la recepción, llegó a sus oídos. Se restregó los ojos; parecía no reconocer aquel lugar.

—¡No lo puedo creer! ¿Es esta la librería abandonada? —preguntó.

—Ver para creer —se jactó Ayac, orgulloso de su trabajo.

Y es que en verdad no había nada fuera de lugar ni que no combinase. El orden era obsesivo: los libros estaban agrupados por tema, autor, orden alfabético, tamaño y color, si todo eso junto era posible. En el corazón del lugar, sobre un suelo de mármol blanco enceguecedor con venas grises que se esparcían en todas direcciones, se alzaba una espiral, un entramado de piedras y cerámicas con anyant grabadas, en cuyo centro Cahleb había depositado una parmelia de obsidiana verde. En el techo, el vitral del óculo que coronaba la cúpula plana había sido restaurado. Allí los sonidos se amplificaban como en una caverna, como si el lugar fuera más grande de lo que parecía.

Desde el centro partían como rayos cinco anaqueles para libros, en cuyas cabeceras el jefe había colocado cinco pedestales que aún permanecían vacíos. En las paredes blancas pendían tres retratos: al este, el de Antaemtejt; al sur, Pacasucxil; y al norte, Emyalec, el creyente.

Frente a la vidriera, junto a un farol, sobre un atril de Janne, reposaba el tratado de herbolaria de Tucpulturu, siempre abierto y disponible ante cualquier consulta. Y, por supuesto, en el centro de la vidriera, esmerilado: el nombre de la librería.

—¡Cómo ha cambiado este lugar! —se animó a decir, carraspeando, el visitante. Parecía un hombre retraído, un tanto difícil de decodificar, aunque su vestimenta era limpia y prolija.

—Buenas noches —lanzó Ayac, reclamando modales.

—Buenas —respondió el visitante—. Disculpa, es que estoy impresionado.

—¿Qué busca? —preguntó el inquisitivo joven que, aunque complacido por dentro, no daba muestras de dejarlo pasar.

Allí se encontraba el hombre, entre la puerta de cristal y la mirada incisiva del encargado, circunstancia que, con el tiempo, se convirtió en una frase popular en El Borde para indicar que alguien se encontraba en una situación incómoda: “estar atrapado entre el cadete y la puerta”.

—Busco un libro —respondió.

—¿Cuál? —inquirió Ayac.

—No lo sé, tendría que consultar con el señor Cahleb.

—¿Sobre qué tema?

—Es un asunto complicado…

—¿Cuál es “ese” asunto? —repreguntó el encargado, entornando los ojos.

—Es… delicado —balbuceó el extraño, notablemente atribulado—, de naturaleza… paranormal —confesó, bajando la voz.

—¡Estamos en El Borde! —se mofó el joven en tono algo grosero, pero no pudo agregar más.

—¡Ayac! —llamó Cahleb, interrumpiéndolo en seco.

—Espere aquí —advirtió el encargado, sosteniendo la mirada del pobre hombre mientras acudía al llamado de su jefe.

Cahleb, desde el rincón de lectura, había ignorado el interrogatorio, pero una palabra había despertado su interés.

—Deje que me encargue —sugirió Ayac.

—Yo lo haré —aseveró el jefe.

—¿Desde cuándo le interesan los temas paranormales? —inquirió el encargado.

Cahleb le lanzó una mirada penetrante, pero el joven no se dejaba amedrentar fácilmente.

Refunfuñó:

—¡Está bien! —afirmó desairado—. Cada cual con sus gustos —protestó—, habiendo tanta literatura interesante para ocuparse —acotó con cierta ironía.

—Vendemos libros —concluyó el jefe.

—¡Oh! Eso hacemos —masculló Ayac, fastidiado, mientras lo seguía.

Cahleb inspiró profundo, conteniéndose.

El hombre, por un instante, pensó en irse, pero una sensación lo detuvo.

—¡Espera! —se dijo a sí mismo. Estaba nervioso—. Respira, baja la ansiedad…

Y, respirando e ignorando las órdenes del encargado, se acercó al anaquel y repasó con la vista los libros del extremo del estante. Uno había llamado su atención.

—Pu xel am nen —deletreó mientras pasaba el dedo sobre el relieve de las letras rojas, empujándolo levemente hacia adentro.

Entretenido con aquel extraño ejemplar, no había reparado en la presencia de Cahleb. Se sobresaltó al verlo.

—Ya es tarde para correr —pensó.

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