A diferencia de la mayoría de las historias, que comienzan en la adversa oscuridad y terminan en la más radiante de las victorias, esta historia —que, por accidente, inició en la bulliciosa y deliciosa vida bajo la resplandeciente luz de la prístina y átona Ciudad de Cristal —también llamada Blanca o Alta— transcurre en la más opresiva, desalentadora y silenciosa oscuridad del otro lado de La Fosa. Pero cómo y dónde termina la historia es duro de decir, no en el sentido de incertidumbre o duda sino, en el más crudo sentido de la palabra: duro de decir y de asumir. Es difícil, muy difícil. Pero, aun así, aquí va: esto es lo que sucedió.
No muy lejos al norte de la Ciudad de Cristal se alzaban las ruinas del antiguo poblado fundacional conocido como Dumbral. Era considerado la alfombra debajo de la cual las buenas gentes de la Ciudad Blanca solían esconder a los descartados: ciudadanos desterrados por diversas razones —disidencia, raciocinio, osadía—. Pero, desde el terrible suceso del Abismo, los desterrados, habían quedado acorralados entre los Cristalinos y La Fosa que, abriéndose paso desde el oeste hacia el este, los había separado de los territorios del norte, creando una barrera sobrenatural casi infranqueable, excepto por un punto, un pasaje secreto. Por allí partieron al exilio.
Por si se preguntan: ¿a qué me refiero con “el suceso del Abismo”? Sobre ello regresaré más adelante. Mientras tanto, ya del otro lado, los descartados no aceptaron el epíteto que se les había impuesto y se autoproclamaron Proscritos. Al antiguo caserío que había quedado en pie en el borde norte de la fractura —y que ahora consideraban su hogar, y lo sería por siempre— lo llamaron “El Borde”.
El Borde era una ciudad sombría, parecía haberse rendido hacía ya mucho tiempo. Un leve resplandor naranja, proveniente de la fosa, bañaba el bucólico paisaje urbano, entremezclándose a mediana altura con el verde tóxico de los vapores de las aguas negras que corrían por las banquinas y se derramaban aquí y allá como hilos iridiscentes sobre el borde del acantilado. En cercanías de las emanaciones, el calor era abrasador y la humedad, aplastante. En tanto, al adentrarse en el corazón del vetusto caserío, el aire se detenía por completo.
Sus calles, más o menos lineales, estaban flanqueadas por zanjas en ambos lados. Las casas eran cuadradas, de techos planos, y sus ásperas paredes —como de lija— rezumaban un hongo grisáceo y polvoriento. Las puertas y ventanas eran rectangulares; algunas todavía colgaban de sus bisagras, sobrevivían porque parecían estar hechas de algún tipo de metal, con restos de pintura naranja. Ya no había vidrios en los huecos. Las veredas aún conservaban algunas piezas de ese tipo de xepul, también de forma rectangular.
No todas eran viviendas comunes en El Borde: varios edificios especiales, de cierto interés, habían sobrevivido al cataclismo. Aunque no todos fueron marcados en el mapa, algunos continúan aún ocultos. A pesar del paso del tiempo y las circunstancias, el gran Templo resistía sobre sus escalinatas, y dicen que todavía se mantenía en dudoso equilibrio la mitad del arco que otrora señalara la entrada a El Borde.
En tiempos en que el arco se erguía completo, en el umbral de El Borde, recortado contra el fulgor de la fosa al ocaso, un hombre recién llegado permanecía de pie, inmóvil, tratando de contener la respiración, observando la ciudad. No fue amor a primera vista. Aquella era la postal indeleble de un viaje que prefería no haber iniciado.
Desde lejos, a su izquierda, le llegaba el eco entrecortado de profundos tambores entremezclados con risas y gritos, como si una fiesta desenfrenada estuviera en marcha. Al frente, podía palpar el silencio en el resplandor mortecino. Todo estaba desierto. Aun así, se sentía observado. Algo invisible pasó aleteando. Un guazan aulló a la distancia; el hombre nunca había visto uno, pero sabía que de noche bajan de las montañas a cazar. Eso lo impulsó a tomar coraje y alejarse de la sulfurosa grieta, o caería ahí mismo sin aliento, como alimento fácil.
El taco de su bota resbaló en su primer paso nervioso sobre un piso de húmedos adoquines y piedras negruzcas.
—Está hecho —se dijo—. Soy oficialmente un proscrito.
Y, obligando a sus piernas a moverse, avanzó hacia la oscuridad.
Ya había adelantado un largo trecho, contando sus pasos por la que, por lo ancha, parecía ser la calle principal, cuando se detuvo agitado. Las emanaciones de la fosa habían sido reemplazadas por el hedor de las zanjas que rezumaban inmundicia. Miró en torno: hileras interminables de tocones calcinados flanqueaban las veredas.
—Esos deben haber sido árboles —pensó.
Pero no podía imaginarlos. Tenía adormecidos los sentidos por el impacto de la realidad. El temor latente era aún más agobiante. Hubiera deseado que algo, o alguien, se moviera más allá de las molestas falenas negras que, al chocar con él, se quedaban adheridas a su ropa y a su piel; al quitarlas, un polvo negro iridiscente se le impregnaba en los dedos. Había nubes de ellas revoloteando a la luz moribunda de los ocasionales faroles de las casas.
—Esto no te matará —se dijo, dando un profundo resoplido—. Mantén el perfil bajo y sobrevivirás —se advirtió y, bajando la cabeza, prosiguió contando sus pisadas.
—Una cosa más —se intimó, interrumpiendo su propio pensamiento—: debes dejar atrás tu origen y olvidar tu nombre.
El hombre ya no veía el escenario desolador que lo rodeaba. Resoplando, con el largo cabello pegado a la cara, sentía que el calor y la humedad le agregaban peso. Caminaba mirando dónde pisaba, contando sus pasos. Había avanzado varias cuadras; al llegar a la zancada número mil doscientos cincuenta y tres percibió una leve bruma azul a su izquierda. Levantó la cabeza. Un viejo edificio con forma de barco sobresalía del suelo —o dos tercios de él—; estaba algo inclinado. Tenía un pequeño pórtico, en cuya parte superior pendía un cartel de madera. La escritura ya no era legible.
—¡El bar azul! —pensó el hombre, sorprendido de lo rápido que había llegado, a pesar de todo.
Este era el punto de referencia, el sitio que le había señalado el Porteador.
—¡Tres mil pasos! —se mofó—. Aquel tipo debe haber tenido las piernas más cortas.
Pero, dándole la espalda al bar, giró hacia su derecha.
—Así que aquí es —se dijo con cierta resignación—: la antigua librería abandonada frente a un barco que se hunde.
Suspiró. Había pagado por ella con todo lo que tenía. Le tomó un momento asimilar aquella imagen apagada, esperándolo a la sombra de la sombra. Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y, por un momento, apretó en su puño la llave. Su pecho se hinchó: a pesar de todo, sintió que algo lo atraía.
Se acercó a la enorme puerta de madera y vidrio grueso y opaco. Tanteó el peso de la gran llave en su mano. La introdujo en la cerradura. Debió dar tres giros antes de que abriera. Y, ante su sorpresa, la hoja se deslizó hacia adentro con delicadeza, sin emitir sonido alguno, hasta detenerse frenada por un montón de papeles.
Un vaho antiguo lo traspasó, diluyéndose en la noche.
—Olor a tiempo —reflexionó, mientras recogía una de las hojas que habían trabado la puerta.
Al ingresar, el resplandor que arrojaba la luna llena le permitió ver que un polvo fino y blanco suspendido sobre telas de araña había cubierto como un manto protector montículos de libros y anaqueles. A pesar de los insectos y alimañas ya muertos hacía mucho y de la ardua tarea que le esperaba para hacer habitable la que sería su nueva morada, pudo por fin recordar esa sensación cálida que había olvidado hacía ya tiempo.
Miró el papel que había recogido al entrar: parecían versos escritos en una lengua que no conocía. En la tenue claridad que entraba por la vidriera, alcanzó a leer una sola palabra que hacía de título.
—Cahleb —susurró. Y su voz resonó en el espacio.
